domingo, 15 de mayo de 2011

"Critica" de la fisica de los superheroes - texto en castellano (2 de 3)

En la foto, los invitados en el 2009 a la XIII La Massana-Còmic, de izquierda a derecha: Matin Pardo, Javier Trujillo, Paul Naschy, Jordi Bernet, Rafael Cortiella, Rafael Vaquer, Phillipe Luguy, Malik, Jordi Ojeda, Alessandro Barbucci, Roger Ibáñez, Raule, Quim Noguero y Josep Mª Blanco (faltan en la foto Antoni Bernal y José Revilla).

A continuación el texto traducido al castellano:

Ciencia y cómic: conocimiento en viñetas
Sobre una conferencia de Jordi Ojeda de la mano del profesor James Kakalios
Por Joaquim Noguero


La madre de la ciencia no es adoptada, es decir, el deseo de conocimiento no es una tendencia aprendida. La madre de la ciencia -que es saber hacer preguntas, querer hacerlas y no parar de cuestionar justo los puntos idóneos para obtener respuestas, aunque sean provisionales- es tan natural como el hambre. Ya desde pequeños, antes de que la presión externa mate a veces la curiosidad del niño en forma de vergüenzas y de clichés, los niños no para de plantearnos preguntas por el solo gusto de hacer y de resolverlas como en un juego de trivial, a veces de forma demasiado insistente y todo porque la energía de un muchacho cuando abre los ojos resulta prácticamente inagotable (tienen todo el tiempo del mundo). En el doble polo de lo que somos, mezcla de homo sapiens (que sabe) y de homo faber (que hace: siempre tecnológicos, pues), debemos considerar la ciencia como indisolublemente ligada a nuestra naturaleza humana. La cultura es la naturaleza humana. La base de nuestra supervivencia siempre es cultural, tanto la física como la psíquica. Es porque no paramos de imaginar posibilidades, porque no paramos de ingeniar («ingeniero» viene de aquí), porque encaramos ruedas de preguntas y respuestas, porque necesitamos relatos que nos expliquen el universo que nos rodea y como estamos integrados, es por ello que somos humanos y que hemos sobrevivido como tales, simples pero valientes Sísifs en la alta montaña del aprendizaje de aprender.

Entonces, no sólo la ciencia no tiene por qué ser aburrida, sino que lo normal sería que no le pareciera nunca así a nadie lo suficientemente curioso. El ingeniero de organización industrial de la Universidad Politécnica de Cataluña Jordi Ojeda lo sabe y, además, lo sabe transmitir. Y eso no se nota únicamente en sus conferencias y en el trabajo de divulgador del cómic que este año 2010 ha sido premiado por el Salón Internacional del Cómic de Barcelona: lo evidencian también detalles como cuando, en el Salón de La Massana Cómic de Andorra de 2009, uno de sus dos hijos corría con la cámara arriba y abajo, filmando el cineasta Paul Naschy u observando como el dibujante Antonio Bernal realizaba unos bocetos, es decir, mirando a todo el mundo y aprendiendo de todo como quien juega. No es extraño cuando, en el trabajo y en la vida, su padre predica lo mismo directamente con el ejemplo y crea contextos que lo propician. A los andorranos de La Massana no les descubro nada: al profesor y divulgador Jordi Ojeda, en el Principado pirenaico se le conoce bien desde el año 2000, cuando vino a colaborar con una exposición sobre la anticipación tecnológica en el cómic de los años cincuenta (junto con su amigo, profesor y coleccionista Francesc Solé Parellada), y cuando, desde entonces, ha sido inseparablemente ligado al Salón de La Massana, colaborador de Joan Pieras. A estas alturas ya tiene más de una cincuentena de artículos de páginas publicados en el Diario de Andorra, interlocutor escrito de un buen número de aficionados del país.

Ojeda también es coautor de los libros y exposiciones “Cómics a puerto: un universo marítimo en viñeta” y “Faros de papel: la luz de los cómics”, donde establece la analogía que si el faro conduce a puerto el navegante, ciertos elementos pedagógicos y formativos que iluminan el cómic pueden guiar asimismo el lector. Es, pues, un buen divulgador por dos cualidades que se pueden asociar igualmente a su condición de científico en la misma medida que, de hecho, resultan indisociables de todo conocimiento de calidad:

1) por su capacidad de establecer analogías clarificadoras, didácticas; y

2) por una notable capacidad de síntesis ante problemas complejos, siempre rápido a encontrar el mínimo común denominador de las cosas.

Y, por supuesto, que ambas cualidades tienen que ver con un hacer inductivo que es la raíz de todo aprendizaje, de cualquier saber digno de ese nombre. Aplicamos en un caso práctico, para hacerlo justo como hace él.

El físico y la física de los superhéroes


En el Salón de La Massana 2009, Ojeda llevó una conferencia que tiene en repertorio e imagino que se le puede pedir aún, si a alguien le interesa (ver su blog, donde encontrará también su correo: http://comiccienciatecnologia. blogspot.com).
Pasado por el tamiz de su propio bagaje como ingeniero, la conferencia resume y reorganiza el libro de divulgación de un físico, el profesor universitario estadounidense James Kakalios. Titulado La física de los superhéroes (Kakalios afirma provocadoramente que "todo" lo que sé de física lo aprendió en los cómics »), el libro analiza los universos de superhéroes de las editoriales Marvel (la del Capitán América, los Vengadores, X-Men, Spiderman, etc.) y DC (Batman, Flash, etc.) para elucubrar sobre la base física, la cantidad de ciencia que explicaría en unos casos la aplicación concreta de sus superhabilidades en el mundo físico real y, en otros casos, la imposibilidad física de poder justificar según qué viñetas («ese día el guionista no había ido a clase», comentaba socarronamente Ojeda ante los puntos conflictivos). Es decir, conferencia y libro explican la física inventada de los superhéroes desde la física real, analiza la ficción desde la realidad que la ha imaginada. Por ejemplo, podemos entrar en la convención establecida con la aventura y aceptar que Superman tiene fuerza para levantar cualquier peso. Podemos, sí, aunque en las primeras aventuras se nos dice que el superhéroe sólo puede saltar por encima de un edificio de 200 m, lo que, puesta esta potencia de salto en comparación con la de un atleta humano, permite calcular que la gravedad de su planeta sería quince veces la de la Tierra y, por tanto, que el peso que puede levantar muscularmente es sólo quince veces el de un terrestre entrenado (ésto primero, porque, a medida que fueron pasando décadas de aventuras, Superman lo ha podido llegar a hacer todo, incluso arrastrar La Luna, así que ... respecto de él, digamos que hemos aceptado cualquier opción). Ahora bien, por mucho que entremos en esta convención digamos «infinita» del personaje, como vive en nuestro mundo gravitatorio, cuando coge un edificio y lo levanta de tierra como si reposara plano, sin cimientos ni nada, a un físico sí le está permitido llamar la atención de sus estudiantes sobre la imposibilidad de que el rascacielos se aguantara todo entero torcido encima de los brazos como si fuera de juguete, como si estuviera hecho de una sola pieza de plástico, en lugar de deshacerse en las manos y hundirse a trozos, que es lo que pasaría realmente. Y otro ejemplo: el doctor Octopusy, que a la postre es un simple científico de cuerpo normalito con un exoesqueleto de brazos articulados de pulpo encima, ¿cómo podría aguantar grandes pesos con las patas mecánicas alejadas del tronco, cuando el balance y la distancia aumentarían aún más el peso que tiene cogido? Como mínimo, uno de los tentáculos debería estar anclado en el suelo o agarrado a alguna parte para que sirviera de punto de apoyo (es aquello de Arquímedes: dadme un punto para hacer palanca y puedo mover el mundo, y pasa lo mismo con las serpientes constrictores, si no muerden y no están bien tomadas en un punto fijo, no pueden hacer presión y no representan ningún peligro).

Ya se ve que lo que se trata es de jugar con los datos que las viñetas nos proporcionan para analizarlas y evaluar qué base física real tendrían. La operación facilita que el estudiante pueda sentir más interés por el caso y, entonces, asimilar mejor el planteamiento del problema. Ojeda distinguía de forma creciente los verbos siguientes en la escala del conocimiento humano: conocer, comprender, sintetizar, aplicar, analizar y evaluar. Y, según como los entendamos podríamos variar el orden (yo los ordenaría desde un «conocer» externo hasta un «comprender» final asimilado de la siguiente manera: conocer, analizar, evaluar, sintetizar, aplicar, comprender, porque para sintetizar o aplicar bien nada tienes que haber analizado y evaluado los materiales de partida, y sólo puedes decir que comprendes -es decir, que has hecho tuya una idea, que ya la tienes comprendida-incluida en ti- cuando has sido capaz de sintetizar y de aplicar el proceso que la ha generado y puedes, pues, parafrasearla/recrearla de forma diferente). Pero, ordenados de una manera u otra, ya nos entendemos: lo que se trata es de jugar con los materiales, de superar los compartimentos estancos en que pueden estar divididas las asignaturas del currículo (no están separadas en el mundo natural), y así superar un conocimiento meramente mecánico, heredado, esquemático y reproducible en el sentido más simple y mimético, para, por el contrario, transformarlo en un conocimiento vivo, orgánico, en crecimiento y cambio, reproducible en un sentido biológico (donde uno más uno no hacen dos, sino tres, otra cosa). El conocimiento verdadero es inductivo justamente de esta manera: no existía antes de que arriesguemos la nueva hipótesis, y es de esta manera de quién hace el saber los manuales y se atreve a enunciar principios provisionales ante la multiplicidad del mundo (se arriesga a decir que los elefantes son grises o marrones, por ejemplo, pero no rosas o lilas, cuando, en cambio, no ha visto todos los elefantes del mundo ni de la historia para comprobarlo). Por otro lado, el conocimiento meramente deductivo es el que ya está presente en las premisas, es el del que aprende y aplica el manual hecho por el otro (y sólo se atreve a decir que un elefante es un mamífero, porque cuenta primero con la seguridad de saber que el elefante amamanta las crías y sabe que son los mamíferos los que amamantan la cría, es decir, mezcla los componentes del silogismo, pero no ha encontrado ninguno él por cuenta propia). El conocimiento deductivo es formal: aporta la corrección de una sintaxis lógica al salto mortal de lo que aprendemos inductivamente en contacto real con el mundo empírico. Y de lo que se trata es de enseñar a los estudiantes a interrogarse sobre las cosas (y sobre las reglas que las relacionan) para activar al máximo su capacidad de inducción, la de hacerse justo las preguntas que tocan y la de atreverse a plantear respuestas, aunque sea provisionalmente. El método científico es inductivo. Cuando los estudiantes se limitan a reproducir los apuntes o el manual, no podemos asegurar que aprendan nada de verdad ni siquiera cuando reordenan los capítulos. Es cuando saben hacer preguntas adecuadas cuando pueden saber plantear bien el problema. Y, así, gracias a enseñarles a mirar desde la perspectiva de la física todo lo que conocen por otros medios, contribuimos a hacerles reflexionar de forma creativa. Esto es lo que quiere Jim Kakalios en su libro, pensado para una asignatura de libre elección de un primer curso universitario de física en EEUU, y eso mismo es lo que busca Jordi Ojeda en la UPC y sus conferencias.

En la charla, Ojeda define la física como la ciencia que, mediante modelos matemáticos, estudia las propiedades de la materia, la energía, el tiempo y el espacio, junto con sus interacciones. A continuación organiza el temario en cuatro apartados: uno de mecánica clásica, otro de termodinámica, uno de electromagnetismo y un último de física moderna y cuántica.

El primer apartado le permite repasar las leyes de Newton, y así, a propósito de la segunda ley, la que dice que la fuerza es la masa por la aceleración, plantear el problema de quien mató a la novia de Spiderman cuando el Duende Verde la tira de un puente y Spiderman la frena de repente en el aire con los hilos de su telaraña: frenar de golpe a alguien en el aire es tan mortal como que golpee en el suelo, para que se le puede romper el cuello (que es el que parece que pasó) y para que todos los órganos se dan de hecho contra las propias paredes internas del cuerpo y pueden reventar igualmente (Ojeda puso el ejemplo del airbag de los coches, y explicó bien como el tiempo que estás en contacto con la superficie de impacto reduce la fuerza del golpe, tal como saben los boxeadores cuando aprenden a «encajar» la hostia siguiendo con la cara la trayectoria del puño del contrincante). En el apartado de mecánica, el ingeniero barcelonés nos enseñó como las medidas sí que importan, porque en la Tierra la estructura ósea que tenemos los vertebrados no soportaría según qué dimensiones de gigante. O nos hizo calcular cuántas hamburguesas necesitaría Flash para generar la energía que le permite correr mil kilómetros en un segundo: pues, unos 150 millones de hamburguesas! Ja, ja, ja, de acuerdo: si aceptamos que Flash tiene un cuerpo capaz de alcanzar una velocidad imposible y de soportarla impasible sin que los huesos le queden incrustados en el suelo cuando se impulsa con tanta potencia, también podríamos pensar que tiene unas células de una eficiencia metabólica que son capaces de aprovechar la energía de una manera que rompe las reglas de la fisiología que conocemos igual que antes ya ha roto las de la física newtoniana. Pero lo que se trata no es eso, aquí no se pretende cuestionar la ficción, sino que lo que se quiere es hacer practicar el rigor de una mirada de físico que después el estudiante o el oyente sepan trasladar al mundo.

Muchas leyes físicas (la fuerza centrífuga, la fuerza de impulso, la ley de conservación de la energía, el frente de choque, etc.) están presentes en las escenas reproducidas en las viñetas, y es evidente que por el camino de horas de ocio hemos asimilado muchos principios científicos sin darnos cuenta de ellos. Las aventuras de Flash de la editorial DC, por ejemplo, están llenas de ciencia: la habilidad de este superhéroe es correr a una velocidad extraordinaria, por lo que puede ir tan rápido como la bala que le disparan y cogerla sin problemas, como si la bala estuviera parada. Y como éste ejemplo, en el cómic de este personaje encontramos muchas otras muestras de praxis física. Por ejemplo, el efecto Bernoulli o de frente de choque: como ante algo que avanza a gran velocidad se produce una depresión, porque el aire se aparta, por eso Flash se puede llevar a alguien sin tocarlo directamente, afectado por las turbulencias que provoca detrás o empujado por el aire que impulsa delante. Ojeda nos explicó los agujeros de superficie rugosa añadidos a las actuales pelotas de golf (para hacer que lleguen más lejos) precisamente para provocar estas turbulencias, un efecto buscado expreso con esta simple modificación de la pelotita. O nos mostraba como ya en 1949 Superboy convierte un tren en un electroimán de forma técnicamente correcta. O ponía el ejemplo de cómo, también dentro de lo que tecnológicamente es posible, en una aventura de Batman uno de los malvados intenta localizar mediante ondas electroacústicas la cueva que el protagonista tiene como refugio, gracias a como las paredes le devolverán la señal de manera diferente según si son macizas o no. O fijémonos en como Iron Man se habla continuamente de transistores y válvulas. En todas estas manifestaciones, es evidente que hay una clara divulgación de los requerimientos científicos del siglo XX.

Claro que hay numerosas excepciones, y no siempre todo aparece de manera tan correcto: los rayos gamma de la Masa, por ejemplo, no deberían ser verdes, sino invisibles, la mujer invisible sería ciega, ya que si la atraviesa la luz, no podría ver porque no se le formaría ninguna imagen en la retina (y lo que se dice en el cuadernillo, que ve con rayos ultravioletas, es aún peor: los ultravioletas no traspasan el cristal, así que la mujer invisible vería opacas todas las ventanas). Y, puestos a encontrar errores, tampoco podría ver algún personaje diminuto, porque los ojos no le darían bastante de sí para coger luz y formar ninguna imagen en su interior (por eso los ojos de los insectos son tan diferentes, como multiplicados).
Queda claro que hay cómics más veraces que otros. Y en una escala de más a menos científico, parece que a lo largo del tiempo Superman se ha convertido en el cómico más inverosímil (vale casi todo) y, en cambio, Batman sería el más verosímil. Ambos son del universo DC.

Los mapas del tesoro: conocer físicamente

Ojeda cerró su conferencia con algunos anunciados optimistas:

1) a menudo la ciencia ficción de hoy es la ciencia del mañana (o, para decirlo con palabras mías, la humanidad parece acabar consiguiendo todo lo que imagina, porque una vez lo tiene en la cabeza se empeñen hasta que encuentra la manera de cumplirlo, de hacerlo realidad: viajar a la Luna, por ejemplo, aparece en obras literarias desde muy pronto y cada época lo imaginó según podía. Por lo tanto, resolvemos los problemas que nos planteamos, y respondemos según surge la pregunta de acuerdo con cómo nos lo preguntamos),

2) es importante la constatación-afirma Kakalios en su libro- que “el principal superpoder de los humanos es la inteligencia”, y

3) hay que mantener la esperanza de que, conscientes de ello, saquemos provecho si-como dice Spiderman en una conocida frase de cuando le coge la vena ética- “un gran poder conlleva también una gran responsabilidad” (en este caso, la de aprovechar las posibilidades de conocimiento para cultivarlo y valorarlo).

El cómic ha tenido siempre un gran potencial en este sentido. De hecho, la literatura popular desde finales del siglo XIX ha asumido un papel altamente democratizador y socializador de la cultura alcanzada hasta el momento. Cine y cómic no hacen más que resumir, mezclar y recrear los grandes clásicos populares, desde Verne, Dumas, Stevenson o London en la aventura hasta el realismo de Balzac, Zola o Tolstoi en el ámbito social. Y, en un primer momento, uno y otro medio ponen en una circulación mucho más amplia antes imposible ideas de convivencia y de emancipación que, sin su concurso, habrían tenido una propagación mucho menor. Para bien y para mal, claro, porque eso implica que los medios de comunicación de masas también pueden ser una herramienta de la reacción, ideológica y panfletaria. Cuando en 1954, el psiquiatra estadounidense de origen germánico Fredric Wertham publicó La seducción del inocente, donde culpaba los cómics de muchos pretendidos males de la juventud (drogas, delincuencia, violencia, etc.), La línea conservadora y de caza de brujas que se iba instaurando en EEUU a raíz de la Guerra Fría llevó a crear el Comics Code Authority, y muchas buenas colecciones de cómics de terror de la EC, por ejemplo, se fueron a hacer puñetas, mientras otras series moralizaban de forma fascistizante sobre el país de la libertad y su papel de policía del mundo, como comida de coco derechista.

Ahora bien, esta hiperconsciencia de la posible influencia formadora de un cómic quizá también tuvo algún efecto positivo. Ojeda explicaba en su conferencia que se comenta la posibilidad de que a mediados de los años cincuenta el gobierno estadounidense, puesto en la competencia de la carrera armamentística y espacial con la Rusia soviética, pidiera a las editoriales introducir más ciencia y tecnología en el cómic como una manera de impulsar las vocaciones científicas y de ingeniería. No está documentado, pero podría muy bien ser cuando hoy conocemos que en la misma época la CIA había impulsado la carrera y el eco internacional de un pintor como Jackson Pollock para contrarrestar con el expresionismo abstracto el peligro que les parecía detectar en el realismo socialista y el muralismo soviético que seducía algunos intelectuales. Puede ser. Ahora bien, también hay que decir que, con menos rigor y como simple fondo temático y escenográfico, la figura del científico y la seducción plástica de la tecnología están presentes desde mucho antes en la literatura popular y en el cómic, y sólo hay que recordar el ciclo de cuatro novelitas de aventuras a Venus de Edgar Rice Burroughs y su posible eco en Flash Gordon, de Alex Raymond. O bien, con el rigor que le permitía la época y larguísimas explicaciones científicas de la ingeniería del momento, recordamos Jules Verne: los primeros experimentos con submarinos muy sencillos son tan sólo unos años anteriores a su famosa novela.

A diferencia de lo que muchos creen, la cultura popular ha admirado el conocimiento hasta hace bien poco. Los protagonistas leían, exploraban, investigaban y, a menudo, escribían. Incluso un cazador como Allan Quatermain o aventureros cazadores como algunos protagonistas de la novelas de Kark May o de J. O. Curwood, para poner el listón por debajo respecto de Jack London, se convierten en los narradores memorialistas de su propia historia. El conocimiento era un bien preciado, un arma de supervivencia. En una aventura del Capitán Trueno de Víctor Mora dibujada por Fuentes Man, el grupo protagonista entra en una cueva donde les han dicho que hay un tesoro y, cuando finalmente se encuentran con que consiste en una biblioteca escondida, todos se piden como puede ser menos el Capitán Trueno, que les aclara que este es el verdadero tesoro de la humanidad: el conocimiento. Esto se publicaba a principios de la segunda mitad del siglo XX, pero ese mismo es el final de una película reciente, Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (Steven Spielberg, 2008), la cuarta entrega de una serie que homenajea continuamente toda aquella tradición clásica de novela y cine. Cuando, al final del largometraje, lo que la expedición de arqueólogos ha encontrado también es más un museo que una cámara del tesoro, el chico de la pandilla se pregunta por qué la leyenda hablaba pues de una ciudad de oro, y entonces Indiana le aclara que en la lengua de aquel pueblo antiguo la palabra «oro» es sinónima de «tesoro», y que para aquella civilización el auténtico tesoro de la humanidad era la acumulación de conocimiento. Esto admiraban y buscaban.
Pongamos ahora la palabra «ciencia» como metonimia particular del saber general del que forma parte, y celebramos aquí que el ingeniero Jorge Ojeda, importante divulgador ahora mismo del cómic y la ciencia en forma de exposiciones, artículos, conferencias y blog electrónico, mantenga este punto de vista universalizador y lo comparta con nosotros. Las acciones auténticamente nucleares generan largas reacciones en cadena. El premio de mejor divulgador del Salón Internacional del Cómic de Barcelona 2010 es merecido.


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