miércoles, 15 de abril de 2020

Article a @ElCinefilCat "De sanitat, de comunicació i d'ètica"

De sanitat, de comunicació i d'ètica


El meu article número 83 a la revista virtual "El Cinèfil, la revista de cinema en xarxa i en català" (i gratuïta).

Amb motiu del confinament degut a la Covid-19, he dedicat l'article al cinema que tracta els aspectes relacionats amb la sanitat i els mitjans de comunicació.

Teniu l'article, en català, al següent enllaç:
https://elcinefil.cat/2020/04/15/de-sanitat-de-comunicacio-i-detica/

És un article complentari a aquest altre:
https://elcinefil.cat/2020/04/01/de-virus-deconomia-i-decologia/


Si voleu llegir tots els articles que he publicat a la revista podeu veure el link següent:
http://elcinefil.cat/author/jordiojeda/

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A continuación tenéis el artículo traducido al castellano:

De sanidad, de comunicación y de ética
Cine y cultura como espejos y impulsores de la sociedad
Jordi Ojeda

Nota: Este texto es complementario al artículo De virus, de economía y de ecología publicado en la revista El Cinefil.

Justo cuando cumplí los dieciocho años y comenzaba en la universidad los estudios de ingeniería industrial, no paraba de hacer la misma pregunta a todos los profesores de mis únicas cinco asignaturas anuales: "Si la física me la explica un físico, la química un químico, el dibujo técnico un licenciado en bellas artes y el cálculo y el álgebra unos matemáticos... ¿quién me enseñará a ser ingeniero?". Afortunadamente resultó que algunos de ellos sí lo eran y, de hecho, tuve ilustres profesores ingenieros de los que aprendí lo que quería ser ingeniero... o no, porque... ¿qué quería o qué significa ser ingeniero? 
Entonces, conforme iba avanzando en los cursos cambié la pregunta por otra: "¿Nosotros no tenemos un juramento hipocrático?". El juramento hipocrático es un código deontológico que tradicionalmente juran los estudiantes del ámbito de la salud, antes de empezar a practicar su profesión. Se refiere al compromiso con su profesión y sus pacientes, el respeto hacia los enfermos y la honradez de su acción, ensalzando la vocación de servir al enfermo... hace referencia, en definitiva, a la ética de su profesión. Y no, los ingenieros no teníamos de un juramento similar, ni nosotros ni nadie más fuera del ámbito de la salud.

El cine ha retratado esta ética en multitud de ocasiones (a mí me gusta destacar la película Patch Adams, 1998, donde un impecable Robin Williams recreaba la historia real de un médico que utilizaba la risoterapia con finalidad médica y terapéutica con sus pacientes). Algún médico habrá que no haga bien su trabajo, como en todo, siempre hay excepciones. En este sentido, destaco la película El doctor (The Doctor, 1991), donde vemos la evolución de un prepotente e inhumano cirujano interpretado por William Hurt que enferma de cáncer y verá y vivirá en su piel lo que se siente desde el otro lado.

Además de poder acompañar al protagonista en este camino sin retorno, la verosimilitud de la película era impactante. Os contaré una anécdota personal, el día del estreno, en mi sala de cine, hasta dos veces se tuvo que parar la proyección y llamar a una ambulancia para llevarse a las dos personas que se desmayaron. Salí temblando del cine. Esta anécdota es importante, porque cuarenta años después ceno mientras veo una serie protagonizada por un forense que se come una hamburguesa ante un cuerpo abierto encima de la mesa de autopsias, que se nos muestra con todo detalle. Pero esto, esto es otra historia (me refiero a la banalización del sufrimiento).

Volvamos al tema de la ética. Seguro que debe haber algún médico corrupto. En el documental Sicko (2007), dirigido de forma despiadada por Michael Moore, salen unos cuantos. En este caso, la diana de Moore es el sistema privado de salud de los Estados Unidos, mostrando el mercantilismo asociado a la salud y a la dificultad de poder acceder a un sistema de salud de calidad y universal, de cómo los políticos desde los años setenta promovieron un modelo que potenciaba los seguros privados. El relato es escalofriante durante las dos horas del metraje. La historia comienza con un carpintero que pierde dos dedos en un accidente de trabajo y en el hospital le ponen un precio a cada dedo y, como sólo le llegan los ahorros por uno, él tiene que elegir qué dedo se le pone. Y esta es la primera historia de muchos casos narrados. De hecho, aún es más dantesco ver las declaraciones de una médica que reconocía en un juicio que se arrepentía de denegar multitud de servicios hospitalarios a enfermos de todo tipo, provocando unos millonarios beneficios a las grandes compañías de servicios de salud estadounidenses. A cambio, a ella se le recompensaba con un sueldo de seis cifras en reconocimiento a su implicación. A sus pacientes, en muchos casos, la denegación suponía la muerte.

En la reciente y exitosa serie The good doctor (2017-), hemos normalizado ver hablar habitualmente de dinero a la hora de tomar decisiones médicas o, incluso, sencillamente, ver cómo no se atiende a personas que no tienen seguro o aquellos que, a pesar de tenerlo, las pruebas o tratamientos que necesita no están en la letra pequeña del contrato. Dicen que la Covid-19 no sabe de territorios (o al menos, eso es lo que piensan algunos políticos), pero seguro sabe de clases sociales, y los Estado Unidos es un ejemplo como estamos viendo en las noticias. En la película distópica Elysium (2013), vendida como ciencia ficción de acción, en realidad es una crítica a un modelo de sociedad donde un porcentaje reducido de la población tiene a su alcance una tecnología que le permite vivir de forma saludable y confortable. En teoría, la trama acontece en el año 2154.

En el documental Sicko (2007), Moore se pregunta porque la sanidad es privada y no lo son los bomberos, las bibliotecas, las fuerzas armadas o la policía en Estados Unidos. No parece que no lo sean por un carácter comunista del país. A pesar de su carácter público tampoco deben ser perfectos, pero no están nada mal. En la inverosímil Volcano (1997), en una ciudad de Los Ángeles en llamas, golpeada y colapsada por una erupción volcánica en su subsuelo, se plantea la disyuntiva de los bomberos de tener que priorizar entre dirigirse a los barrios más ricos de la ciudad y menos poblados y dispersos, o en los barrios más desfavorecidos pero densamente poblados. En la película sí fueron al final.

El artículo ¿Quién patrulla las calles de Nueva Orleans? (Who Runs the Streets of New Orleans?, 2015, publicado en el New York Times Magazine, inspiró la serie APB (2016-2017), donde un multimillonario se hace cargo de la seguridad de uno de los distritos de la ciudad de Chicago (en la realidad, evidentemente, se trataba de un barrio de Nueva Orleans, y no es broma). Después de una única temporada (se ve que no interesaron los diferentes dramas personales de los personajes protagonistas), lo que me sorprendió no fue la tecnología policial de vanguardia que empleaban, absolutamente espectaculares, sino las continuas discusiones entre el propietario de la empresa obsesionado en resolver los deleites y atrapar a los delincuentes, y el consejo de administración de su empresa obsesionada con la obtención de beneficios. Pero, de qué beneficios hablamos? ¿Dónde están los ingresos?

Si lo que hacemos es privatizar un servicio público, los ingresos salen del ámbito público. Si conseguimos aumentar los ingresos o bajar los gastos o las dos cosas a la vez, los beneficios de las empresas privadas que gestionan servicios públicos aumenta. Los aficionados a la ciencia ficción lo sabemos desde que vimos Robocop (1987). La película plantea un supuesto de extrema modernidad y de gran polémica: la posibilidad de privatizar la seguridad de los ciudadanos con el riesgo que implica, como decisiones sesgadas producto de objetivos económicos o políticos, y la vital importancia de las inteligencias artificiales, que pueden monitorizar todo lo que hacemos, afectando a la privacidad de las personas. 

Los políticos no salen muy airosos en la película Robocop: son abanderados de la máxima «el fin justifica los medios», cómplices del auge de las grandes corporaciones, ansiosas de hacer negocio venden sus servicios tecnológicos en el Ayuntamiento, con todo lo que ello implica (dinero e influencia). El poder político se comportaba en la ficción de una forma cercana a una moderna organización criminal (¿les suena de algo?). Un mercantilismo y una corrupción institucionalizada que no dejaban en muy buena imagen el paradigma del sueño americano justamente en Detroit, la ciudad cuna de la industria automovilística, transfigurada en la realidad, hoy en día, en una verdadera ciudad fantasma, sin fábricas.

En el documental Sicko también se hace mención de políticos corruptos comprados, usuarios al cabo de los años de lo que llamamos "puertas giratorias". Desconfiad de las opiniones de los políticos que han disfrutado y de los partidos que lo permiten y les dan voz. Nosotros conocemos unos cuantos, los tenemos muy cerca y a menudo los medios de comunicación, entrevistados o opinando. Desconfiad también de los medios de comunicación que tienen una gran parte de los ingresos de publicidad de la administración y de grandes corporaciones, de lo contrario puede pasar lo que veíamos en la película La cortina de humo (Wag the Dog, 1997), donde la crisis se desata en la Casa Blanca cuando el presidente de EEUU es acusado de abusar sexualmente de una becaria en el mismo despacho oval pocos días antes de su reelección. La estrategia que diseña su principal asesor de comunicación consiste en levantar una cortina de humo inventando una guerra contra Albania para distraer la atención de la opinión pública norteamericana. Y sí, esta película se estrenó antes de que estallara el caso Lewinsky en la cara del presidente Clinton. Para más coincidencias, el 20 de agosto de 1998, coincidiendo con la declaración de Monica Lewinsky ante el Gran Jurado, Clinton ordenó el bombardeo de bases terroristas en Sudán y Afganistán en represalia por los atentados perpetrados dos semanas antes contra las embajadas norte- estadounidenses en Kenia y Tanzania.

De hecho, no hay que recordar una ficción, se puede hacer mención de una película basada en hecho reales: Desvelando la verdad (Shock and Awe, 2017), la historia real de cómo, después de los ataques del 11 de septiembre, la administración de George Bush desvió la opinión pública del culpable Osama bin Laden hacia Saddam Hussein, con el objetivo de tener una excusa para ir a la guerra con Irak en 2003. Mientras cargos de gobierno como Donald Rumsfeld, Colin Powell y Condoleezza Rice inventaban la existencia de las legendarias armas de destrucción masiva de Sadam (de políticos mentirosos sobre este tema también tenemos cerca), sólo los periodistas del Knight Ridder Newspapers fueron honestos y valientes y dudaron del mensaje institucional. Nosotros, aquí, aún tenemos medios buscando los culpables de los atentados del 11M, aunque ya haya habido un juicio con sentencia en firme.
  
¿Dónde ha quedado el cuarto poder que representa la prensa y que hemos visto tantas veces en películas, algunas tan emblemáticas como Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941) de Orson Welles? Pues, dependiendo del modelo de negocio que hayas elegido: The New York Times cree que el futuro de la prensa pasa por las suscripciones digitales. Ya en la actualidad tienen 4,5 millones y aspiran en pocos años llegar a los 10 millones. ¿Y como esperan conseguirlo? Pues aumentando el número de periodistas y, sobre todo, mejorando su calidad, independencia y credibilidad. ¿Les suena de algo comparado con nuestros periódicos, radios y televisiones nacionales? Vigilad cuando vayáis al quiosco a comprar el periódico y os encontréis que todos ellos tienen la misma portada con un anuncio publicitario, sea del Banco de Santander o del Gobierno de España... ¡Todos!

Además, para engañarnos y manipularnos se puede influenciar en el voto mediante las redes sociales utilizando noticias falsas. Lo pueden ver perfectamente explicado en la película Brexit (Brexit: The Uncivil War, 2019), basada en hechos reales. Gracias a la venta de información privada y confidencial por parte de la empresa Cambridge Analytica al partido que estaba a favor de irse de la Unión Europea, convirtiéndose en una fábrica generadora de noticias falsas. Y ganaron para que la gente se lo creyó, especialmente la gente de más edad... ¡Se lo creyeron todo! ¿Qué le recuerda esto?

Moore, en su documental Sicko, afirma que "una sociedad se puede juzgar por la forma en que trata a sus miembros más desfavorecidos", y añade: "y también como trata a sus héroes", refiriéndose, en su caso, a los trabajadores y voluntarios que ayudaron a desescombrar las Torres Gemelas y que sufrieron graves enfermedades respiratorias al paso de los años, abandonados a su suerte. Esta afirmación la podríamos aplicar, en nuestro caso, en el equipamiento del personal sanitario y sus dotaciones. O a los recortes en el sector sanitario. Esperamos que todo vuelva a la normalidad muy pronto... ¿y cómo lo sabremos que ya estamos? Pues cuando los policías que ahora aplauden al personal sanitario cada día a las 20h los vuelvan a zurrar como no hace muchos años, cuando estos vuelvan a protestar por los recortes de los políticos que habremos elegido en el futuro con nuestros votos.

Porque, ¿a quién votaríamos si hubiera unas nuevas elecciones? En la película italiana La hora del cambio (L'ora legale, 2017) podemos tener una respuesta. Un pueblo cansado de la corrupción del partido del alcalde, del caos normativo y de las decisiones políticas interesadas, decide votar a un honesto candidato que propone luchar contra la corrupción. Su voluntad y compromiso con la legalidad sin excepciones enseguida se topa con la gran mayoría de ciudadanos que preferían la anterior forma de política en la que, en el fondo, ellos eran partícipes y cómplices de lo que se hacía, o esperaban ser cómplices si no lo eran. Y sí, acabaron consiguiendo que volviera el corrupto político que prometía poder aparcar donde quisieras, entre otras proclamas.

Sed sinceros, ¿votaríais a un partido que propusiera aumentar los impuestos? ¿Qué impuestos? ¿A los más ricos? ¿A las empresas? ¿A todo el mundo? ¿A quién votarán los que durante la cuarentena debido a la Covid-19 piden ayudas del estado o piden no pagar impuestos? En España, en 2018, el gasto público era del 40,4% del PIB, cinco puntos menos que la media de la Unión Europea (Francia llega al 55,9%, por ejemplo, ¿no sé si podríamos decir ya que los franceses son comunistas? son quince puntos más que nosotros). La deuda pública en España en 2018 alcanza prácticamente el 100% del PIB, de eso se habla poco en las campañas, y las películas menos todavía. Quién pagará esta deuda pública mientras vamos bajando los impuestos?

Quizás si todos los profesionales hiciéramos un juramento similar al juramento hipocrático nos iría mejor, seguro habría excepciones, pero creo que nos iría mejor. ¿Vosotros qué creéis?


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